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El jardín navegable, de Rosana Acquaroni


Por Alberto García-Teresa


El jardín navegable, de Rosana Acquaroni
Reeditar uno de los primeros poemarios de una autora con obra en marcha, más de 25 años después, resulta una gran apuesta tanto para la poeta como para la editorial. Se trata de una apuesta por cuanto ese título pudiera ser parte de una evolución aún sin madurar o, por otra parte, bien mostrarse ya como una obra plena, que sigue hablándonos y del que puede responder orgullosamente su escritora.

Este segundo caso es el que nos corresponde con El jardín navegable (publicado originalmente en 1990) de Rosana Acquaroni; un libro de la primera etapa de la autora, con méritos propios, y que agrupa ya los elementos esenciales de toda su trayectoria.

Habla Manuel Mantero en el prólogo (que recupera el texto que se empleó en la presentación del volumen en la Hemeroteca Nacional en octubre de 1990) de la transformación como uno de los sentidos del poemario. En esas páginas, Mantero explora sobre todo el papel en los versos de Acquaroni de la mitología (un elemento que se halla en el tramo final del libro) y su uso desde la óptica alegórica para hablar del presente.

Rosana Acquaroni pone en primer plano la evocación y la sugerencia. Construye poemas con oxímoron y paradojas, y trata de concitar misterio y ambigüedad en buena parte de ellos. Maneja con soltura el registro metafórico moviendo el nivel (más lírico o más cercano) de acuerdo al registro de cada pieza. Destaca la potencia de sus imágenes y de las metáforas que enhebra, que poseen cierto vuelo surrealista. Asimismo, sobresale la presencia de la naturaleza y la búsqueda de la fusión con ella como vía para la purificación, para la plenitud. Los textos se enuncian dentro de un espacio cercano, íntimo, y suelen hablar en tono de confidencia a un “”.



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28/06/2017 |Leido 108 veces |



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